El 29 de septiembre se cumplen 30 años de la muerte de uno de los más grandes trompetistas y compositores de jazz de todos los tiempos. Miles Davis fue, además, una escuela de música ambulante con sus formaciones.
Por Martín Ungaro
Hace 30 años, en Santa Mónica, Estado de California, fallecía Miles Dewey Davis III, sin duda uno de los más grandes trompetistas de jazz de todos los tiempos junto al gran “Satchmo” Louis Armstrong, y comenzaba la leyenda de una influencia enorme que aún perdura en la música popular.
Este compositor nacido en Alton, Illinois, el 26 de mayo de 1926, tuvo una particular relevancia a partir de fines de los años ’50 cuando comenzó a codearse en “jazz sessions” con monstruos de la talla de Duke Ellington, Charlie Parker o John Coltrane, aunque su carrera abarcó cinco década y recorrió la historia de la música en la segunda mitad del siglo XX.
Una de las características de Davis fue su constante evolución y la búsqueda de caminos alternativos: participó con fuerza y originalidad del movimiento “bebop”, del “cool”, del “hardbop” y de todas las vertientes modernas del jazz, en fusiones con músicas regionales o con el rock. Quizá su originalidad haya quedado sellada a partir de la utilización de una sordina de acero Harmon que le dio a su trompeta un sonido único, con notas cortas, suaves y melódicas.
Su vida también fue distinta porque, a diferencia de muchos jazzman que hicieron de la música una posibilidad de porvenir desde la pobreza, Miles era hijo de un odontólogo y una profesora de música, es decir un joven de clase media acomodada de Illinois. Recién a los 12 años comenzó a estudiar trompeta y a los 16 ya tocaba en bares y locales de los alrededores de la ciudad. Un año después despegó su carrera cuando se unió a la “Eddie Randle's Blue Devils”, una banda regional de San Luis.
Los éxitos llegaron casi si que él se diera cuenta: en 1944 comenzó a tocar en una gira con la banda de Billy Eckstine, que contaba con dos músicos negros que más tarde sería gigantes del jazz como Charlie Parker y Dizzy Gillespie. En ese momento, según dicen los musicólogos, nació el “bebop”, un estilo que se caracteriza por la rapidez de interpretación, las variantes rítmicas y solos improvisados sobre la marcha.
Fue entonces que se decidió a dejar su ciudad y tomar clases en el “Institute of Musical Art en Nueva York”, la cuna del jazz moderno. Mientras estudiaba trabajaba en clubes con el saxofonista más original que haya conocido la música popular, el “pájaro” Charlie Parker. No obstante, el gran salto lo logró en 1945, cuando dejó sus estudios y se unión a la formación de Benny Carter.
Mientras empezaba a ser habitué de los estudios de grabación, volvió a tocar con Parker entre 1947 y 48 y apareció su primer álbum como líder de una formación en la que también tocaban su amigo Charlie, el pianista John Lewis, el bajo Nelson Boyd y el batería Max Roach.
En el verano del 48, se dice, nació el mito: Davis formó un grupo de nuevo músicos con una gran sección de vientos y comenzó a componer algo que con el tiempo se denominó “jazz cool”. Además de su trompeta, había un saxo alto, saxo barítono, trombón, corno francés y tuba. Con ese noneto tocó en el Royal Roost, de Nueva York, y consiguió un contrato con Capitol Records. Y un año después, llegó su consagración mundial cuando tocó en el “Paris Jazz Festival” los temas de su disco “Birth of the Cool”.
Los años ’50 fueron para Davis agitados y exitosos. Primero, por su adicción a la heroína. Segundo, por su contrato con “Columbia Records”, que le permitió mantener una formación de alta calidad compositiva. En su quinteto, tocaron, entre otros, el saxofonista John Coltrane, el pianista Red Garland, el bajo Paul Chambers y el batería Philly Joe Jones.
A fines de los ’50, Davis, que no podía estarse quieto, se puso al frente de una “big band” y recibió un “Grammy” por el disco “Jazz track”, la música de una película francesa de Louis Malle. Fue entonces cuando formó el “Miles Davis Sextet” y contrató a músicos extraordinarios como el pianista Bill Evans y el baterista Jimmy Cobb.
Sin embargo, su esplendor llegaría recién en 1959 cuando grabó “”Kind of Blue”, considerado por los especialistas como uno de los cinco mejores discos de jazz de todos los tiempos, y vendió dos millones de copias. Ese hito de la discografía tuvo una verdadera selección de monstruos de la música: John Coltrane, Bill Evans, Wynton Kelly, Paul Chambers, Jimmy Cobb y Cannonball Adderley.
También se unirían en distintas etapas a esa formación George Coleman y alguien que fue significativo en la carrera de Davis, Wayne Shorter, un saxofonista tenor clásico y a la vez original. También se sentó en su piano nada manos que Herbie Hancock. Ellos le aportaron algo nuevo a la sonoridad de Miles instalando en su quinteto una estética a medio camino entre el “hardbop” y la vanguardia “free”.
Los ’60 mostraron un nuevo giro de Miles Davis con el “jazz rock”, basado en la admiración que tenía por el guitarrista Jimi Hendrix. El disco “In a Silent Way” lo instaló una vez más a la vanguardia, con el inglés Dave Holland en bajo, el eximio guitarrista John McLaughlin, Chick Corea como segundo teclista y el austríaco Joe Zawinul como percusionista. Con esa banda, dominó los ’70 y les dio lugar a músicos que hoy son verdaderas leyendas como Keith Jarrett, George Benson y Jack de Johnette.
Gracias a su formación, por ejemplo, Shorter y Zawinul formaron luego “Weather Report” con Jaco Pastorius; McLaughlin, la “Mahavishnu Orchestra” con Jean Luc Ponty y Jerry Goodman, entre otros; Corea forma la banda “Return to Forever” con Stanley Clarke. Por eso, tras su muerte el 26 de septiembre de 1991, muchos lo llaman “padre del jazz moderno”, en homenaje a que sus bandas fueron, de seguro, la mayor escuela de música contemporánea.

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