CONFESIONES PELIGROSAS

El libro que alborotó a la Iglesia de Córdoba e indignó a la sociedad, “Cinco curas, confesiones silenciadas” fue presentado en Buenos Aires.




Por Martín Ungaro

La Iglesia Católica considera que el sacramento sacerdotal no puede disolverse jamás, por lo cual los cinco hombres que se mencionan en este artículo serán curas hasta el día en que mueran. Sin embargo, ellos optaron por ser ante todo “humanos” y por dar testimonio de una tragedia que no se quiere escuchar, que se observa a través de velos y que huele “a podrido”, como Dinamarca: la curia cordobesa, la más conservadora y reaccionaria del país desde que la regían, en un concubinato que condujo al genocidio, el cardenal Raúl Primatesta y el genocida Luciano Benjamín Menéndez.
Demasiado humanos al fin y al cabo, los sacerdotes Nicolás Alessio, Adrián Vitali, Elvio Alberione, Horacio Fábregas y Lucio Olmos se rebelaron frente a tanto oscurantismo y contaron sus historias en “Cinco curas, confesiones silenciadas”, que primero escandalizó y luego indignó a toda una provincia. El libro llega ahora a Buenos Aires y, como buena caja de resonancia que es la Capital Federal, conmueve a todo el país, aunque sus alegatos sean secretos a voces en las curias del mundo entero. Por algo el propio Papa Benedicto XVI pidió perdón en nombre del Vaticano por los curas pedófilos.
Alessio, Vitali, Alberione, Fábregas y Olmos responden “a sotana quitada”, si se nos permite la expresión, ¿cómo viven la sexualidad quienes aspiran a ser sacerdotes?, ¿cómo absorben las represiones que proponen las autoridades eclesiásticas? o ¿cuáles son los sistemas con los que se financia la institución? Y, además, narran sus historias personales, historias de sacerdotes que dejaron de serlo…
Publicado por la editorial con base en Córdoba “Raíz de dos”, el libro también relata los desencuentros de los curas de base con las autoridades del Arzobispado, su visión crítica acerca del celibato, las manifestaciones homosexuales en los seminarios, la militancia política durante la última dictadura cívico-militar y sus vínculos con el último hombre fuerte de la Iglesia cordobesa, el ultramontano cardenal Primatesta.
Por caso, Vitali, ahora casado y con dos hijos, recuerda uno de sus encuentros con el cardenal. “Me llamó a su despacho y me preguntó: ‘¿Es verdad que dejaste embarazada a una chica?’. Le dije que sí, con toda firmeza. Me preguntó si me había confesado y le dije que no porque no consideraba que fuese pecado engendrar un hijo con la mujer que amaba. Hizo silencio y me dijo que podía seguir ejerciendo el ministerio en otro lugar pastoral, en Argentina o fuera del país, pero con la condición de no verlos más. Me dijo que la Curia se haría cargo de pagar la cuota alimentaria que exige la ley. No esperaba semejante oferta. Había ido pensando que me iban a dar el reto de mi vida y el cardenal me proponía un arreglo comercial”. Con el agravante, agregamos, que la propuesta venía de una institución que considera unidad sagrada a la familia.
Así lo explica Vitali en el capítulo “La oferta del Cardenal”, un hecho real que le sucedió cuando se desempeñaba como sacerdote en el humilde barrio cordobés de “Villa El Libertador”, mucho antes de casarse con la chica, Alejandra, y tener dos hijos.
Con no poca culpa, Vitali cuenta una anécdota que lo llevó a abandonar el sacramento. “Un sábado a la noche me quedé a dormir en el departamento de Alejandra. El domingo me levanté temprano y salí para ir a celebrar la misa en la parroquia. Había dejado el auto en la calle. Vi de lejos que tenía una bolsa de basura en el capó. Pensé que era una travesura de los chicos que salen de los boliches, por lo que saqué la bolsa y la puse en un canasto, pero cuando quise salir con el auto se desinflaron las cuatro ruedas. Me bajé y observé que todas tenían cortada la mitad de la válvula. En ese momento me acordé de lo que los políticos y los jueces califican como ‘acto mafioso’. Para no llegar tarde a la misa tomé un taxi que me dejó en la puerta de la iglesia. Cuando bajé, una de las feligresas que estaba llegando me preguntó con picardía: ‘¿De dónde viene, padre?’. Le contesté que había ido a ver un enfermo”.
Vitali, quien confiesa escribir “poemas eróticos”, indica en el libro que su relación con la escritura lo arrastró a contar su historia personal: trabajaban en una parroquia donde conoció a su esposa, se enamoraron y ella quedó embarazada. Fue sacerdote hasta 1997. La oferta de Primatesta era la gota que colmaba el vaso. “La Iglesia no entiende que el erotismo es parte del equilibrio de la biología. Por eso siempre intenta sacarle el sexo al servidor de Dios. Pero esto oculta también una idea de la mujer. Con el celibato hace que se la evite, que se la tome como un problema”, explica y agrega: “lo que ellos no entendían es que mi mujer Alejandra me hacía bien. Ella de alguna manera me completa”.
A su vez, el suspendido Nicolás Alessio revela en “Cinco curas…” detalles del último diálogo que tuvo con Carlos Ñáñez, el arzobispo de Córdoba, quien lo amonestó por haber opinado en favor del matrimonio igualitario: “Ñáñez, en su oficina del Arzobispado, me dijo ‘a mí me han hecho un juicio’. Me pidió que me desdijera de mis dichos y me negué en forma rotunda. Estaba junto al vicario Horacio Álvarez, y me advirtieron que los dejaba sin alternativa. Quise saber quiénes le habían iniciado un juicio. Es más, le dije que si la derecha conservadora los acorralaba, todo el Grupo Angelelli saldría en su defensa. Pero no contestó. Siguió adelante con las formas canónicas, me trajo por escrito la amonestación y me pidió que la firmara”.
Alessio también recuerda “con cariño” a Primatesta, que lo designó cura. Ese día, el amigo del entonces general Menéndez le dijo: “Carlos Paz es una cloaca. Cuando pueda construir una capillita en el medio de Mar Chiquita te voy a mandar ahí. Pero ahora te necesito en Altamira, en San Cayetano. Y ya sabés, no hables de ‘justicia’. Preocuparse por lo que pasa en el país está bien, pero ‘justicia’ es una palabra peligrosa. Mejor no usarla en los sermones”, ratificó el cardenal en plena dictadura.
Tampoco se sonroja al hablar de las testaciones que tienen los curas: “Estaba dando una misa de semana y no pude despegar los ojos de una rubia hermosa sentada en el segundo banco a mi izquierda. En esas misas participan pocos fieles. No pasaba desapercibida. La vi una y otra vez en el mismo banco, en el mismo lugar. Al terminar una de esas celebraciones, fui a la secretaría. Allí estaba. No sé si me esperaba. Creo que sí. La secretaria me la presentó con toda amabilidad, luego supe que también con complicidad. Sus gestos, su sonrisa, su pollerita corta… me hicieron temblar. Cuando, al saludarme, me besó en la comisura de los labios, temblé mucho más. Creo que se dio cuenta. Y que no le importó. Al cabo de unos días me invitó a cenar”, narra Alessio.
Lucio Olmos narra en el libro que Primatesta quería que los curas vivieran del cobro por bautismos, casamientos y comuniones, como vive la mayoría. “Pero yo no quería eso –asegura convencido-, yo quería trabajar para no tener que vivir de la gente, por eso estaba en Cechetto, porque quería una ocupación más manual, en contacto con la clase obrera”. Esa militancia cerca de la gente lo condujo a ingresar en la agrupación Montoneros.
Por su parte, Horacio Fábregas relata que en el seminario hay “prácticas” que “le secan la mente” a los futuros sacerdotes: “desde las 4 hasta las 6.30 de la tarde, de nuevo había que hacer silencio para estudiar; luego, la oración comunitaria de la tarde (llamada Vísperas) seguida de la misa; finalmente la cena, un rato libre y a las 11 de la noche silencio nuevamente. Todos los horarios estaban marcados por el sonido del timbre. Imaginate repetir esa rutina 10 meses al año durante siete años. Todos los días. Sin contacto casi con el mundo exterior. Una vida así, a los 18 años, te seca el bocho. Te quiebran el espíritu, te disciplinan, te someten, te lavan la cabeza”, confiesa.
Al respecto, le corre el velo a una anécdota muy dura que vivió durante su etapa de formación en el seminario: “un tipo que ingresó siendo médico recibido. Pertenecía a la diócesis de Río Cuarto. Estaba próximo a ordenarse cura y como era médico se encargaba de atender a los seminaristas que estaban enfermos. Un día fue a revisar a un compañero de mi curso que se sentía mal. No recuerdo qué tenía, pero sí estoy seguro de que no era nada referido al estómago o los intestinos. Lo cierto es que al revisarlo, el médico le dijo que tenía que hacerle masajes y empezó a toquetearle la panza y un poco más abajo, de tal manera que mi compañero comenzó a excitarse y tuvo una erección. Cuando el seminarista galeno vio eso, se bajó los pantalones y le pidió que lo penetrara. Mi compañero se indignó y lo sacó cagando”.
En un tono más jocoso, también relata la historia de una monja que “corrompía” a los seminaristas “diciendo que era la Virgen y los besaba en su nombre”.
Elvio Alberione, el más veterano, habla por su parte de la manifiesta complicidad de la Iglesia con el golpe de Estado de 1955. Y denuncia a quiénes cobran sueldo en la Iglesia. “En la Argentina los únicos que cobran sueldo estatal son los obispos y los capellanes de dependencias públicas”.
Como imaginará el lector, este libro despertó algunas suspicacias entre los feligreses cordobeses y no pocos odios en el Arzobispado de Córdoba (ver “Escándalo en La Docta”). Tanto fue así que uno de sus representantes legales debió declarar este mes en la delegación Córdoba del INADI a raíz de una denuncia realizada por los cinco curas por “discriminación”. Es que cuatro librerías, propiedad de una congregación de monjas dominicas, prohibieron la venta de “Cinco curas, confesiones silenciadas”, otra muestra más del oscurantismo.

0 comentarios: