1. Le Peintre
Víctor Rivera tartamudeaba con bastante gracia -y a veces con un patetismo inenarrable- unos sermones deshilvanados, expectorados a borbotones, plagados de metáforas absurdas y frases aparatosas, que yo sospechaba carentes de significado. “Un discurso sicótico”, me hubiese atrevido a determinar si hubiera sido un especialista en los laberintos de la razón. Pero como no me veía afectado por dilemas racionalistas, lo comprendía a mi manera cuando, abismado en su discurso sicótico, él se refería a los pájaros verdes de la medianoche, o a los vampiros entumecidos bajo los puentes del Sena.
En cambio, jamás comprendí el esfuerzo de Víctor para que sus amigos adoptaran las ideas extravagantes que guiaban sus sermones, acaso porque me basaba en una interpretación propia de sus palabras… Por eso, me procuré de paciencia el día en que sus energías apuntaron a convencerme de que mi destino de escritor no debía contaminarse con las arbitrariedades de una mujer. Mucho menos si esa mujer era del tipo de Sabinne Doucroit, una ingeniera francesa de carácter enérgico y un español aceptable, capaz de apasionarse luego de un adiós fugaz o en la inminencia de una despedida inesperada.
¡Claro que yo no creía en mi destino de escritor!
Conocí a Víctor “El Argentino” Rivera en Paris, unos meses antes de acercarme con desconfianza al mundo de Sabinne Doucroit. En ese entonces -y digo en ese entonces pues la precisión se me escapa- todos mis actos estaban vinculados a un único intento: Un intento desesperado de amar a alguien y de poner entre paréntesis una situación de exilios reiterados que me había llevado desde mi Bonn natal a Buenos Aires, y desde Buenos Aires a una ciudad más sublime e intrigante que su propia mitología.
Mi amigo Víctor era uno de los tantos Peintres du pont, cuyas acuarelas eran ofrecidas a los turistas por unos francos en las librerías del Quai Montebello. No obstante, yo entreveía en su talento y en su personalidad ciclotímica a un artista que pronto participaría en los catálogos de las grandes galerías y, por qué no, de las exposiciones temporarias del Centre Pompidou o el Musée d' Orsay. Su devoción casi enfermiza por la pintura abstracta lo había ubicado a una gran distancia de las necesidades básicas de los hombres normales. De hecho, él detestaba las costumbres arraigadas en la clase media parisina y criticaba, siempre con argumentos infundados, la propensión de sus semejantes a reproducir vidas burguesas: El trabajo rutinario en oficinas o fábricas, la utilización indiscriminada del Métro y la perpetuación de la tribu…
Tal vez a causa de esta obsesión, Víctor provocó en mí algunas vacilaciones en el momento que advertí que su empecinamiento contra Sabinne Doucroit se apoyaba en una percepción tan simplista como estrafalaria:
-Sabinne es ingeniera civil, le pagan muy bien por su trabajo, demasiado bien… Y con ese dinero, mejor dicho, con la imagen que le da ese dinero, echará a perder la unidad de El Grupo -me vaticinó.
El grupo -eso que Víctor, cautivado por una solemnidad desusada en él, llamaba El Grupo, y yo denominaba montón de gente- estaba compuesto por escritores, músicos, filósofos, profesores universitarios, artistas plásticos y algún periodista, todos muertos de hambre y de ideas, que malgastaban sus tardes pensando en la magnitud platónica de la Ciudad Luz y en el existencialismo postsartreano de ciertas manifestaciones culturales, en un café hediondo de Montmartre o una fonda barata del Quartier Latin.
-Alemán, oíme: Las apariciones de Sabinne en El Grupo son una circunstancia esencial para vos. Te entiendo: Estás embobado con ella... Pero nosotros tenemos el desagradable deleite de obviarla sólo porque ella nos parece obvia -me dijo Víctor una noche en que George (un inglés, saxofonista de cafetines y obce-cado buscador de drogadictos detrás de cada gesto de cansancio), él y yo paseábamos sobre uno de los cien puentes del Sena.
Hipnotizado por sus definiciones concluyentes, no supe cómo reaccionar ante tamaña desproporción de Víctor. Él percibió mi agitación y cambió de tema: Me adelantó que le habían prestado un desván para el emplazamiento de su atelier. George, a su vez, propuso una postergación al Tema-Sabinne para prevenirnos sobre los peligros que acechaban a turistas y extranjeros en la orilla izquierda del río:
-Ni se les ocurra andar por la zona sudeste de noche. Están los chicos más molestos y los vagos más pesados: No bajan nunca de cocaína y ácido.
Ni Víctor ni yo contestamos a esa advertencia del inglés del saxo porque degustábamos los colores chillones (ocres, fucsias, violetas y algunos verdes mezclados) de una tela al óleo que Le Peintre proyectaba titular, en caso de que estuviéramos de acuerdo, Metamorfosis Vomitiva.
-¡Seguro, hombre! Así se debe llamar. No podría ser otro nombre: Eso interpreta, es evidente... -le contestó con malicia George, que como buen anglosajón no era partidario del arte abstracto afrancesado.
-El cuadro es proteiforme: Está en el origen de todas las formas -lo increpó Víctor, irónico y molesto, frente lo que él calificaba como analfabetismo figurativo de George.
-¡Es una mierda! -concluyó el inglés, sin importarle la teoría de las formas de Víctor, y repitió su admonición: Recuerden, tienen que cuidarse de los chicos más pesaditos, los que van de la cocaína para arriba...
2. Dibujos tremebundos
Las objeciones de Víctor, que se iniciaron el mismo día en que él y Sabinne fueron presentados durante un vernissage en el Museo Picasso, no volvieron a atravesar nuestras conversaciones por mucho tiempo. De un lado, porque ella —al cabo, una mujer juiciosa y eficaz— se excluyó de las reuniones que nos congregaban en algún bodegón del viejo Paris: Aquellos intelectuales la aburrían con sus sentimentalismos baratos y sus meditaciones metafísicas… Del otro lado, porque Víctor había montado su atelier y estaba sumergido -según declaró en otro de sus ritos litúrgicos- en la búsqueda de un estilo bullicioso y emergente.
Sin embargo, seis meses después de nuestra primera controversia acerca de Sabinne, todos los indolentes con aspiraciones artísticas nos reencontramos en su estudio con motivo del cumpleaños de Hélène, una vagabunda que dibujaba cartones tremebundos con lápices negros en el Pont des Arts y que tenía un aire a Juliette Binoche. Ahí, los argumentos excesivos del pintor fueron expectorados con una fuerza tal que confinaron nuestra relación a un lugar sin retorno… En un momento de la velada, Víctor levantó su copa hacia el rincón donde yo había aterrizado junto a Sabinne y emprendió una aproximación sigilosa por entre los brazos, piernas y culos de algunos de los quince bohemios que disfrutábamos de una noche de vino y diversión vanidosa. Él se acuclilló hasta rozar mi cara y profirió uno de sus sermones:
-La circunstancia calla… Es por demás calmada y misteriosa. Es atrevida, también: No da cuenta de sus apariciones… Se hace codificar por emociones y jamás por signos. Claro que en general no la vemos, ya que los artistas solemos estar demasiado ocupados para creer en una emoción… -me espetó Víctor en voz baja, como queriendo guardar un secreto.
Yo lo observaba con atención, aunque no lograba explicarme el sentido real de su desvarío. Sabinne, que había escuchado con claridad la perorata, me miró sobrecogida, irritada. En todo caso esperaba mi respuesta… Luego bajó la vista, como si estuviera procesando la incoherencia de Víctor, y de repente posó sus enormes ojos celestes sobre el semblante alucinado de mi amigo para hablarle con un tono inclemente:
-Hace bastante que las circunstancias conviven con nosotros y justamente por eso creemos en ellas… Eso no es de ningún modo atrevimiento, es amor.
Sabinne solía interrumpir a sus confidentes para introducir frases, en apariencia inocentes, que indicaban en su fondo verdades demoledoras y turbulentas.
La batalla espiritual que habían entablado rebasaba con amplitud mi capacidad de querer a ambos: No pude en el cumpleaños de Hélène, ni pude más tarde, con abundante tiempo a mi disposición, hallar un lugar equidistante para terciar en el encono recíproco que ellos mantuvieron a partir de aquella celebración de hostilidades. Víctor no soportaba que ella desenredara sus enunciados crípticos y rebatiera sus especulaciones. Por eso, montado en su lenguaje a borbotones, en su discurso sicótico, intentó apabullar a Sabinne a través de su posesiva conexión conmigo:
-Vos lo sabés bien, Thomas Schöll: En todos los rincones de esta habitación hay circunstancias que nos disgustan y las soportamos debido a que apreciamos a alguien… Es muy hermoso reconocerlas. Nos atrapan, nos ciñen de la ropa, se corporizan en la voz de los amigos y a veces nos cuentan el futuro… Hay una circunstancia que anuncia cómo va a ser tu muerte, lo cual nos hace suponer que, al revelarnos tan noble secreto, incluso nos está traicionando…
-Quizá seas vos la circunstancia de la muerte de Thomas. Tus ojos propalan tristeza, ansiedad y un poco de vicio -lo abofeteó Sabinne.
Víctor asimiló la colisión, pero no pudo tolerar que su imagen se viera amenazada por la degradación que, con habilidad, había construido Sabinne:
-Lo entendés ahora, alemán… -me miró con rabia, como si yo fuera el promotor de su vergüenza. Nuestro grupo se está diluyendo con circunstancias como ésta y la agonía de nuestra muerte te hará notar que el escozor del abismo se hace más intenso cuan-do nos toca a nosotros.
-Víctor, yo ingreso a cada relación social que se me presenta con un principio: La serenidad. Soy consecuencia de una familia alemana que liberó a sus hijos desde jóvenes y tuvo una actitud fría ante el sexo o la droga, por nombrar dos de los temas que les preocupan a ustedes, los del grupo. Es algo que tu mente latina que amo, tu mente caliente, no comprende… -intervine con mi voz sosegada, aunque excitado por las beligerancias.
-Y con ella… ¿Qué vas a hacer? -averiguó Víctor sin discreción.
-Todo lo que me dijiste de la circunstancia, de la presencia de Sabinne entre nosotros -él dejó de mirarme y colocó sus ojos sobre ella, que a su vez comenzó a observarme-, lo repasaré con detenimiento y sin hacerte caso, ya que tus reflexiones son parciales y antojadizas.
3. Sur, paredón y después
Las intenciones rupturistas de mi amigo Víctor Rivera no se sucedieron de inmediato… De seguro porque manipulé mi tiempo con cierta astucia para repartirlo entre los períodos de serenidad que me entregaba Sabinne y los de inflamación artística, que me transmitían Le Peintre u otros jóvenes jactanciosos que se apiñaban en su taller. Un atardecer de primavera, meses después del incidente en el cumpleaños de Hélène, coincidimos a solas sobre el Pont-Neuf: Él en su ridícula motocicleta color ocre; yo fatigando con el pensamiento mis males de exilio.
Víctor me confesó entonces que sólo dejaba de extrañar con locura su departamento de avenida Corrientes y su Buenos Aires City si se acercaba al río pintado de verde hormigón:
-Mirá el agua -me ordenó con cariño: Su color parece reflejar esas verdades del corazón que en general perdemos, o no descubrimos nunca por ser tan sencillas… El cielo que resplandece en el fondo del verde debe ser un mensaje ancestral, único y sincero como el corazón de un solitario.
-Es muy poético lo que decís… También es concreto, si se quiere, que la belleza puede a veces ocultarnos transitoriamente los dolores del alma, el destierro y todas esas cosas. Vos sabés que te entiendo por mi doble trasmigración: Un alemán que se crió en tu Buenos Aires y que apenas se convirtió en porteño, lo echaron a patadas en el culo… Igual me parece que el Sena no nos está diciendo nada, somos nosotros los que le ponemos voz.
-Esto me hace acordar -me previno con un tono lúgubre, con el tono que yo tanto temía- que veo próxima la circunstancia de nuestro quiebre, de nuestra expiración, si es correcto el término… No muy remota en todo caso. No sé dónde ni a qué hora, pero no me agrada que ella continúe entre nosotros…
-Acaso el privilegio de conocer nuestra propia muerte nos aleje del aburrimiento y de esas ideas tan locas, tan perseguidoras contra el género humano… -opté por el sarcasmo antes de perderme en una discusión tediosa con Víctor.
-¿Y si la echamos a empellones de nuestro círculo? ¿A patadas en el traste, mejor? ¿O te ayudo y la arrojamos al río bajo la acción de la cocaína? —rió sin creer en su propuesta, como un niño de seis años que acaba de cometer una travesura o gritar una palabrota.
-Creo que no te das cuenta que la circunstancia a la que te referís es otra, una que no contó con vos para revelarte el secreto. No me pidas que elija entre Sabinne y ustedes. Hasta hoy no hay ningún elemento de lo vivido en común que me permita suponer que voy a continuar en esa entidad sin forma que vos denominás El Grupo.
-¡Te das cuenta que no nos salvarán ni los ecologistas! Todo se está volviendo ácido lisérgico y anhídrido carbónico, plástico y cocaína.
-Tampoco nos salvarán los artistas, por el mismo motivo que vos enumeraste recién… Por eso, Sabinne: Esa degenerada y cocainómana, decís vos. ¡Absurdo!, si la pobre nunca pasó de un porrito… Por eso, la dicha. Una maravillosa sensación de être bien que estaba escondida abajo de un puente de esta ciudad y ella la pescó del fondo del río para mí.
-¡Hacéme el favor, qué falta de ética! -se ofendió.
-Víctor, ya no tengo el placer de pertenecerles a vos y a los muchachos… Pueden echarla, aunque me iré también. Me parece de un hedonismo morboso ese disfraz de moral moderna que ustedes están reclamando mientras se pajean meditando en la nada.
Víctor Rivera contempló otra vez el Sena e inició, visiblemente furioso, una caminata por el Pont-Neuf en dirección a Montmartre, adonde había montado el atelier. Sin mirarme, palpó dos o tres veces sus bolsillos, como si buscara algo remoto y a la vez esencial para ese minuto de nuestra historia compartida. No bien lo desenterró de la campera, se tornó hacía mí, dejó depositado un objeto pequeño sobre el banco curvo del puente y me miró con esos ojos alienados que solía exhibir tras un disgusto:
-Me voy, che... -dijo Le Peintre. Y jamás volvió a dirigirme la palabra, ofendido por lo que él consideraba mi displicencia irrecuperable.
Luego de que su silueta oscurecida empezó a perderse en la Rue de Rivoli rumbo al norte, experimenté un poco de pena, quizá de melancolía: Mi garganta se resecó debido a que sabía que nos habíamos despedido para siempre, aun sin decir adiós.
-Chau, te quiero a pesar tuyo… -lancé al aire, emocionado, mientras se me caía una sonrisa forzada―. Chau amigo loco… Te añoraré, hermano pintor.
Y me llevé de recuerdo la acuarela de bolsillo que me había regalado a su manera, segundos antes de marcharse en su extravagante motocicleta.
4. Ultimas palabras en borrador
Al abandonar el Pont-Neuf, me pregunté por qué no había retenido a Víctor para persuadirlo de que mi amor por Sabinne incluía esa sensación resbaladiza, esa excitación embriagante que ellos, los del Grupo, me reclamaban… Reconocí por primera vez la causa de mi silencio: Mi desganado ritmo de expatriado me arrinconaba contra un pasado cruel y una fatalidad sudamericana.
Durante el atardecer deambulé inmerso en esa encrucijada, sin orientación segura, retraído, ensimismado como una ostra. Erré por el Boulevard Montparnasse hacia el Palais Luxembourg, hacia donde nadie me esperaba. En el trayecto, la gente caminaba a mi lado, enajenada en sus pequeños objetivos. La mayoría me ignoraba; algunos me observaban turbados, con el ceño fruncido. Todos tenían en su huida el mismo rostro de Métro descompuesto, como hubiese dicho Víctor.
Al divisar las librerías de usados, intuí una imagen remota de mi amigo: La de mi llegada espantada desde Buenos Aires, acosado por los peligros del terrorismo de Estado; su acogida tierna y su ayuda desinteresada, sin preguntas ni reproches… Esa representación del desarraigo se repitió dos cuadras más allá, donde presentí que los pies descalzos de Sabinne se arrimaban dubitativos a mi espalda. Aquellas evocaciones lacerantes, que aún a la distancia me ocasionaba la dictadura militar, me impulsaron a cambiar de calles y a sumergirse hacia el oeste por el Boulevard Saint-Germain. En la primera esquina me di vuelta —me arriesgué a darme vuelta— y por un segundo creí que podría besar la piel tersa de Sabinne o que me estrecharía en los brazos de Víctor. Las invocaciones a mis afectos se habían evaporado con la neblina.
Un segundo después giré hacia lo de Sabinne y comprobé que mi sombra desarticulada se deslizaba, circunspecta, por las paredes humedecidas de los edificios grises y por el cielo plomizo, que no dudaba en castigarme con nostalgias pasadas…
Hoy, recién hoy, sé por qué, al igual que Víctor, sospechaba que algo se había roto en mi interior:
-¿Lo extrañas? -me preguntó Sabinne meses más tarde, en el instante preciso que me preparaba para radicarme de nuevo en la Argentina, debido a que la dictadura militar de mi país adoptivo le había cedido una pizca de poder a una democracia imperfecta.
-¿A quién?
-A ese amigo tuyo, el pintor... El que quería expulsarme del grupo de artistas, drogarme y tirarme al Sena…
Fijé entonces mis ojos en Sabinne, una mujer que implicaba un mundo para mí extraño, y comprendí el motivo por el cual nos estábamos separando, nos estábamos dispersando como si el fuego calcinara nuestros huesos, como si nuestros cuerpos fuesen de barro.
-¡Ah, Víctor! —sonreí. Lo añoro a veces, pero no me arrepiento… -le respondí vacío, ya sin esperanza, ya sin siquiera extrañar a Víctor Rivera.
Más bien estaba cabizbajo por el hecho de saber que pronto partiría de nuestro departamento, que en pocos días me despediría también de ella y recorrería las veredas de la avenida Corrientes, donde las metáforas absurdas y las frases aparatosas de mi amigo cobrarían significado...
Esa noche en que Sabinne preguntó por Le Peintre, supe que mi vida en Paris había sido un paréntesis, que todo lo que me rodeaba era irreal, provisorio y precario. Esa noche, cuando la curiosidad de Sabinne Doucroit dilató la tristeza, entendí que debía escribirle a Víctor mis últimas palabras en borrador.
Por José Luis Cutello

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