SUBTERRÁNEO

A Ana C.

Somos una especie particularísima de seres humanos que, poco a poco, ha perdido su sensibilidad.
Somos individuos arraigados en nuestra propia ausencia y nuestros prejuicios.
Somos algo así como espectros de rostros sobreexcitados, rostros perturbados de absorber tanto aire amargo: Nuestras bocas y narices son tristes, grumosas, ásperas y frías porque el oxígeno escasea aquí abajo. Debido a la falta de ventilación y de estímulos reales para salir de estas catacumbas, nos ahogamos con frecuencia.
Cuando el sofocón nos sumerge en una de esas crisis, algo que sucede dos o tres veces por semana, nuestras conciencias son azotadas por un arsenal de pensamientos atolondrados e involuntarios. Entonces, aparecen los temores que rodean nuestra historia pasada y nuestra historia futura, los desprecios, los desapegos y, por supuesto, los dolores del alma, esos que nos aturden y deprimen en el subterráneo.



Algunos, los de aspecto de bandoneón invariablemente desafinado, soportan toda la pena y el mal humor que pueden cargar en sus espaldas. Otros, los menos, regalan gestos de poesía romántica, lo cual anticipa una cita a consumar con el amante amado. Varios reflejan la bronca de los radiadores de automóvil recalen-tados: Son los que no resisten el charco de aguas nauseabundas que circula, de diestra a siniestra, entre nuestros tobillos. El resto languidece con melancolía bajo el peso de necesidades extravagantes, de anhelos desvariados o sueños imposibles...

Aquel, el que está contra la ventanilla de la derecha, tiene el resentimiento inconfundible del clase media porteño que fantaseó con ser alguien en la vida (Léase por alguien: Mansión en San Isidro, casa de veraneo en Punta del Este, Mercedes Benz último modelo en el garaje y un piso en Libertador con secretaria-rubia-amante incluida). Ahora se descubre en el subterráneo, casado apenas con una empleada contable y padre de dos niños que —es indiscutible, pondera— son la causa de su mortificación pues limitaron su proyección de horizontes inimaginables, como decía su mamá.
Esa gordita de anteojos con cara de pelotuda prodigiosa es una soñadora empedernida que espera, todavía, al Príncipe Azul que la rescatará de su trabajo inmundo en una oficina inmunda. Lee un librito de rimas becquerianas y gime su ilusión para los ocupantes circunstanciales del vagón, que no la oyen porque están demasiado hundidos en sus asuntos.
La otra, la que está por bajar a la izquierda, tiene cara de haber comprendido hace tiempo que no existen los príncipes azules y de apiadarse de todas las gordas con anteojos que gimen ilusiones. Ella, en cambio, parece entender que en la empresa donde trabaja hay algunos fulanos de billeteras voluminosas y que, con algo más de empeño (ya se acostó al menos con media docena, especulo), logrará atrapar a uno para recuperar las pérdidas de esta zafra y de las que vengan.
Allí, en el asiento de la derecha, se encuentra el obrero que solicitó un adelanto de sueldo para darle de comer a sus tres hijos y mastica su irritación, aunque no piense en revoluciones ni en un gobierno de justos y solidarios. También está el estudiante secundario, el de las carpetas con forro papel araña verde, que se estira sobre el escote de la rubia tipo Farrah Fowcet: Lógicamente (lógico para mí, un fisgón con casi 40 años) tropieza con un par de pechos rosados y orgullosos que se reflejan en sus ojos saltones.
Aquí abajo se hallan, además, el taciturno, el exótico, el corrompido, el vicioso, el que delibera consigo y calla, el que ama con o sin Edipo, los que recelan a sus vecinos... Y están los presumidos como nosotros, que no sabemos qué hacer con nuestra existencia a las 6 de la tarde y bajamos al subterráneo para entrometernos, con nuestra mirada perversa, en la soledad de los demás.

Por José Luis Cutello

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