EL CUMPLEAÑOS 120 DE J.R.R. TOLKIEN

El 3 de enero de 1892, hace 120 años, nació en Bloemfontein (hoy Sudáfrica) el escritor John Ronald Reuel Tolkien, fundador de un género fantástico que ahora tiene en la cumbre al famoso Harry Potter y a su autora, J.K. Rowling, que lo copió hasta en la forma de firmar sus libros.



Tolkien fue narrador, poeta, filólogo y profesor de la prestigiosa Universidad de Oxford, donde ideó todo un mundo imaginario de alta fantasía que quedó sellado para siempre en las novelas “El hobbit” y “El señor de los anillos”. Amigo de otros grande de la fantasía como C.S. Lewis, el autor de “Las crónicas de Narnia”, Tolkien compuso un cuerpo interconectado de novelas e historias, que incluyeron idiomas y seres inventados. Tras su muerte, el 2 de septiembre de 1973, uno de sus hijos publicó “El Silmarillion” y “Los hijos de Húrin”, parte de la misma saga, que volvió a cobrar vigencia con su llegada a los cines hace una década.
Este escritor británico fue especialista en inventar lugares imaginarios como Arda o la Tierra Media, con sus propias lenguas, sus leyes y personajes legendarios. Si bien tuvo predecesores como William Morris, Tolkien está considerado de forma unánime como el padre de la literatura moderna de fantasía, acaso porque aplicó la historia antigua como sustento de sus genealogía. En 2008, una encuesta realizada por el diario “The Times” lo ubicó entre los diez escritores británicos más importantes en la segunda mitad del siglo pasado.
En la tumba de J.R.R. y Edith Tolkien, en el cementerio de Wolvercote, Oxford, sus hijos hicieron grabar los nombre del valiente mortal Beren y la princesa elfa Luthien, protagonistas de la leyenda de El Silmarillion, que versa sobre el amor entre dos seres de diferente naturaleza que roban uno de los Silmarils, piedras preciosas legendarias.
La mancha que presentó su vida estuvo relacionada con su estricto catolicismo, que lo llevó a apoyar al franquismo en la Guerra Civil Española porque la propaganda conservadora decía que los “rojos” republicanos destruían las iglesias y mataban a los sacerdotes. Lo mismo le sucedió con la II Guerra Mundial, cuando aprobó las políticas del gobierno del premier Arthur Chamberlain, quien consideraba a Adolf Hitler menos peligroso que los soviéticos.

Por José Luis Cutello

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