a R.J.W.
Quise escabullirme de una celada: Los alfiles del Tirano Blanco se deslizaban a mi encuentro con velocidad. Sus caballos agazapados asediaban mi posición…
Quise huir, escapar desesperadamente, corriendo tras las sombras de cientos de hombres, mujeres y niños que, al igual que yo, querían huir.
También mis piernas querían huir, aunque no respondían a esa vorágine planeada hasta el último detalle por el Tirano Blanco: Un olor a cuero chamuscado penetraba en mi nariz, descomponía mi estómago, retorcía mis entrañas, amorataba mi rostro lechoso…
Quise apresurarme, escabullirme lejos de la emboscada, pero no pude: El miedo o algo muy parecido al miedo, que contagiaban aquellas plegarias profanas de mis captores —los alfiles, los caballos y los peones del Tirano— me alcanzaba, me paralizaba…
Devoraba mi necesidad intensa de justicia.
Los guardianes, debo admitirlo, trotaban mejor que mis pobres piernas agotadas.
Y sus cabezas voraces —sus conciencias voraces— tramaban ya las beligerantes horas subsiguientes: El bastidor de un catre reservado a mi cuerpo cansado, los verdugos inescrupulosos, mi silencio agónico, el fuego disciplinario de una picana sobre mi piel amoratada y un hedor a carne quemada que me convulsiona-ba…
Mientras ellos conjeturaban el final.
Por José Luis Cutello

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