UN ENERO CON MUCHO PARA RECORDAR

A lo largo del mes, se recuerda el fallecimiento de dos escritores argentinos fundamentales, Oliverio Girondo y Álvaro Yunque. Pero también se cumplen aniversarios del español Camilo José Cela y el británico J.R.R. Tolkien



Por José Luis Cutello

No pocas anécdotas se han recordado acerca de Oliverio Girondo, el gran confabulador de “Veinte poemas para ser leídos en el tranvía”: El tintero arrojado al cuerpo de un profesor mordaz de la escuela Le Grand, de Francia que habría llamado “antropófagos” a los argentinos; el animador gozoso de banquetes en los que se hablaba a los gritos, como lo retrató su discípulo Leopoldo Marechal; el provocador de “estudiantina” que anunció la aparición del libro “Espantapájaros” con una carroza fúnebre que cargaba un muñeco por el centro de Buenos Aires; y por qué no, los diálogos amenos con el presidente Marcelo T. de Alvear en la vereda del Tortoni.
Un hombre, según quienes lo conocieron, atrevido y desopilante. Un vanguardista… No obstante, ese espíritu de innovación tuvo un tropiezo en 1961, cuando un accidente frenó su ímpetu y lo dejó imposibilitado hasta que murió el 24 de enero de 1967, hace 45 años.
Antes de ese episodio, también hubo momentos para aquellas anécdotas y para libros fundamentales en la historia de la literatura argentina, como “Calcomanías”, “Interlunio”, “Persuasión de los días” y “En la masmédula”, quizá su poemario de mayor repercusión.
Pero todos sus pares lo recordaron siempre como el soporte (monetario y energético) del periódico literario “Martín Fierro” que, en apenas dos años (1926 y 1927), subvirtió la palabra y el modo de hacer literatura en Buenos Aires.
Oliverio Girondo había nacido el 17 de agosto de 1891 en la Capital Federal, entre un familia rica, muy rica, que aprovechó la “belle époque” de la clase agroganadera nacional. Por eso, se dio el gusto de estudiar en París, donde debió dejar algún curso por sus excentricidades ya contadas, y en Londres, donde aprendió los idiomas fundamentales de sus traducciones.
También editó desde muy joven gracias a las posibilidades monetarias de su padre, que le financiaba las publicaciones que emprendía con sus amigos. “Proa”, la revista del ultraísmo criollo, “Prisma” y “Martín Fierro” fueron los puntos de anclaje de este “bon vivant” que se codeaba grandes escritores del siglo pasado: Jorge Luis Borges, Raúl González Tuñón, Macedonio Fernández y Leopoldo Marechal, sus amigos de la vida y sostenedores del “Grupo de Florida”. Salvo Tuñón, el poeta comunista, todos ellos eran estilistas, elitistas y vanguardistas.
En ese grupo, Girondo supo ser no sólo el animador de las fiestas, sino también en enlace entre su generación y la posterior, sobre la que derramó sus ideas extravagantes. Por ejemplo, uno de sus “alumnos” fue Enrique Molina, cuya primera etapa surrealista le debe tanto a los poetas franceses como a “En la masmédula”. Ellos dos, justamente, fueron los traductores argentinos de “Una temporada en el infierno”, la obra cumbre de Arthur Rimbaud. En cambio, su vida personal quedó marcada para siempre en un único acto, cuando asistió a un almuerzo en honor a Ricardo Güiraldes: trabó relación entonces con Norah Lange, con la que se casó en 1943. Según las malas lenguas, a partir de ese día, recibió el odio fundado de Borges.
Girondo le imprimió a su poesía una ironía y un estilo bullicioso que se anticipó 30 años a los “happening” del Di Tella. La exaltación de la vida urbana, la crítica a las costumbres burguesas, que sin embargo le daban el sustento económico, y el cosmopolitismo fueron marca de agua y pose del escritor.
Su estilo expansivo lo llevó a conocer numerosas ciudades del mundo y a hacer amigos de todas las nacionalidades, como el chileno Pablo Neruda o el andaluz Federico García Lorca, a quien conoció en Buenos Aires. Dicen que fue el escritor español, quien lo convenció un día en sus dibujos eran de una potencia arrolladora, por lo cual comenzó a pintar en la década del ’50.
Con su libro “En la masmédula”, Girondo hizo el último gesto de vanguardia y trazó una poesía que destruía el sentido, un gesto desesperado que ya había logrado el peruano César Vallejo en “Trilce”.
El poeta social. Otro aniversario que se recuerda es la muerte del escritor Álvaro Yunque, quien se fue hace 30 años en la ciudad bonaerense de Tandil, un 8 de enero. En principio, puede decirse que fue el hombre que definió como nadie a un snob literario: “Cuando menos comprende, más admira”.
Yunque, bautizado Arístides Gandolfi Herrero, había nacido en la ciudad de La Plata, el 20 de junio de 1889, y tuvo también un paso importante por las revistas literarias a partir de la década del ’20. Pero a diferencia de Girondo, “militaba” en la literatura social del “Grupo de Boedo”. Fue cuentista, dramaturgo, ensayista y necesariamente poeta, con medio centenar de obras publicadas y otro medio centenar que permanece inédito. En la editorial “Claridad”, donde se reunían los “boedistas” hizo amigos para toda la vida como Leónidas Barletta, Elías Castelnuovo, César Tiempo y Roberto Mariani.




En 1908, inició cursos de Arquitectura en la Universidad de Buenos Aires, carrera que abandonó en 1913 para dedicarse plenamente a las letras: fue a partir de ese momento colaborador del diario anarquista “La Protesta” y de las revistas “Campana de Palo”, “Claridad”, “Los Pensadores” y la histórica “Caras y Caretas”. Más tarde estuvo a cargo del suplemento literario del diario socialista “La Vanguardia”.
Debido a esos antecedentes, tuvo el “honor” de que la última dictadura cívico militar prohibiera sus libros y los quemara, pese a lo cual la SADE le otorgó, en abierto desafío al generalato, el “Gran Premio de Honor” en 1977.
Álvaro Yunque trabajó, a lo largo de sus casi cien años, una literatura realista, al estilo de los grandes maestros rusos y franceses del siglo XIX, a quienes admiraba. Sus inquietudes siempre estuvieron del lado de los trabajadores y los miserables, una marca de su “boedismo”. Su primer libro publicado fue “Versos de la calle”, en 1924. Luego le siguieron “La 0 es redonda”, “Barcos de papel”, “Zancadillas”, “Los animales hablan”, “Jauja” y “Mocho y el espantapájaros”, estos cinco últimos cuentos cuyos protagonistas eran niños, una de sus especialidades.
Sus ensayos, en los que se destacaba una investigación previa rigurosa, incurrieron en temas literarios e históricos: “España 1936”, “Poetas sociales de la Argentina”, “Breve historia de los argentinos”, “Alem”, “Calfucurá, la conquista de las pampas” y “Aníbal Ponce o los deberes de la inteligencia” son algunos de sus títulos. También preparó ediciones con estudios preliminares de libros importantes, como “Instrucción del Estanciero”, de José Hernández, “Teatro Completo” de Máximo Gorki, y “Rosas visto por un diplomático francés”, de Alfredo de Brossard, entre otros.
Además, Yunque tenía debilidad por la pintura. Por eso se hizo amigo de notables artistas como Carlos Alonso, quien dibujó uno de los mejores retratos argentinos con su rostro, Juan Carlos Castagnino y Alberto Bruzzone. Solía decir que la gloria “viene sola o no viene y es una tontería luchar contra ese gigante: el tiempo”. Por eso fue, supongo, que tras su muerte se hallaron unos 50 libros inéditos. No buscaba con la literatura ni dinero ni gloria, sólo quería escribir como Tolstoi, Émile Zola, Guy de Maupassant o Baudelaire. O, si hubiese podido, decía, como Shopenhauer y Spinoza.
Entre los poetas locales, admiraba a Raúl González Tuñón, Francisco Luis Bernárdez y Enrique Banch (una rara coincidencia con Borges), todos ellos escritores claros, concisos y consistentes, como su propia escritura.
Un gallego universal. Hace apenas diez años, el 17 de enero de 2002, fallecía el premio Nobel de literatura Camilo José Cela, nacido en la provincia de La Coruña, el 11 de mayo de 1916. Además del máximo galardón literario, también fue integrante de la Real Academia Española y recibió el Premio Cervantes, en 1995, y el Planeta, un año antes, por “La cruz de San Andrés”.
Esta novela, precisamente, fue uno de los hechos más desgraciados de su larga y valiosa producción como cuentistas, ensayista, novelista y poeta, ya que fue denunciado por “plagio” y la Justicia envío a juicio oral a una de las autoridades de la editorial.
En 1942, conoció su primer éxito con “La familia de Pascual Duarte”, una novela desarrollada en la región de Extremadura, antes y durante la Guerra Civil. El libro inauguró, para la crítica literaria, un estilo que fue llamado “Tremendismo español”. En 1945, publicó “Pisando la dudosa luz del día”, un hermoso poemario surrealista que había escritor antes de la contienda bélica.
Cela consideraba que la novela no debía someterse a ninguna norma que no fuera la libertad más absoluta. Por eso, siempre pareció un escritor experimental: cada uno de sus libros pueden leerse como un intento de modificar el estilo anterior. Así trazó una narrativa que concibe el humor y el terror como una aleación, en la que también se incluyen términos escatológicos y desenfadados.
Por eso, tal vez, incursionó en el género picaresco con “La insólita y gloriosa hazaña del cipote de Archidona”, de 1977, una novela de género epistolar que reúne una delirante correspondencia entre Cela y el académico Alfonso Canales.
En 1951, Buenos Aires tuvo el privilegio de editar por primera vez una novela que está entre las mejores del siglo XX: “La colmena”, que sufrió la censura del oscurantismo franquista porque sus pasajes eróticos no convencían al Generalísimo. Sin embargo, fue Manuel Fraga, ministro del Interior de Franco, quien autorizó finalmente la publicación en la última etapa de la larga dictadura.
“La colmena” está considera la primera novela española moderna, ya que a través de múltiples historias contadas a media voz se analiza un país y una ciudad, Madrid, acosada por los primeros años de una dictadura. Cela la definió como “una crónica amarga de un tiempo amargo”. Fue tal su éxito que el director de cine Mario Camus la llevó a la pantalla grande en 1982, con guión de Cela e, incluso, una participación del escritor como personaje secundario.



Su éxito como escritor no tapó jamás una faceta política mirada con recelo por sus colegas españoles: ya sea por su colaboración con la dictadura del coronel Marcos Pérez Jiménez, en Venezuela, ya por su reconciliación con el franquismo y la propaganda cultural que le dispensó, sus contemporáneos no querían mucho a don Camilo José.
Su relación con el franquismo le dispensó varios favores, como el sillón Q, de la Real Academia Española, que ocupó de febrero de 1957, según dicen sus detractores, por decisión del Generalísimo. No obstante, es uno de los escritores españoles más leídos y traducidos en el mundo y escribió algunas de las mejores obras el siglo, como “Oficio de Tinieblas” o “Mazurca para dos muertos”.

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