La causa por “averiguación de muerte” del gran poeta y militante comunista estuvo enterrada durante 38 años, pese a la insistencia de su chofer sobre la presunción de un asesinato. Ahora, la Justicia chilena quiere saber la verdad.
Por Martín Ungaro
“Truena sobre los pinos./ La nube espesa desgranó sus uvas,/ cayó el agua de todo el cielo vago,/ el viento dispersó su transparencia,/ se llenaron los árboles de anillos,/ de collares de lágrimas errantes”.
Así comenzó, con una lágrima, una corazonada y su fidelidad. Siempre lo dijo pero debieron pasar 38 años para que Manuel Araya, el último chofer y guardaespaldas de Pablo Neruda, encontrara apoyo a su denuncia por el asesinato del gran poeta chileno.
El magistrado que tomó a su cargo la investigación, el ministro de la Corte de Apelaciones Mario Carroza, dijo al diario on line “MDZ” que el Poder Judicial trasandino “ha entendido que, dentro de lo que son las violaciones a los derechos humanos, fundamentalmente a raíz de la violencia política, en cuanto a lo que son desapariciones y muertes, debe revisar todo este proceso, a ver si hay antecedentes o si no los hay”.
Al consultársele sobre los orígenes de este proceso, Carroza precisó que, en cuanto Araya presentó la hipótesis ante la Justicia, había que establecer la existencia de elementos de prueba para darse validez. Uno de esos elementos que activó la causa, precisó el juez, fue la declaración que prestó Gonzalo Martínez Corbalán, ex cónsul chileno en México, que estuvo con Neruda antes del regreso de éste a Chile. La declaración del diplomático fue apoyada por el Partido Comunista, que pidió a la Justicia la exhumación de los restos del poeta, sepultados en la Isla Negra.
La historia. El 19 de septiembre de 1973, ocho días después del golpe de Estado que derrocó a Salvador Allende, Neruda fue trasladado en ambulancia desde la casa de Isla Negra a la Clínica Santa María, en Santiago. Su plan era permanecer en ese sanatorio hasta que pudiera partir hacia México, en un exilio que sería el comienzo de la resistencia a Augusto Pinochet.
La ambulancia fue seguida de cerca por el auto de Araya, quien atestiguó que durante el viaje fueron detenidos varias veces por fuerzas militares. Finalmente, Neruda arribó a destino, fue atendido y murió de súbito el 23 de septiembre como consecuencia de un cáncer de próstata, según la versión de los médicos. La intriga fue completa: horas antes del fallecimiento, el chofer fue detenido por carabineros y trasladado al Estadio Nacional.
A mediados de este año, Araya comenzó a desmitificar en sede judicial la interpretación oficial. Afirmó que, en realidad, Neruda había sido asesinado mediante la colocación de una inyección que le provocó la muerte por paro cardíaco.
Al respecto, Carroza explicó que siguiendo la pista del chofer “se llegó al doctor” que lo atendió y también a la enfermera. “La clínica no tenía muchos elementos, no ha cooperado lo suficiente, porque dice que muchos de los antecedentes ya no los tiene, la ficha clínica tampoco la tiene, o sea, esto se ha reconstruido más que nada por testigos que estaban en ese minuto en la Clínica Santa María”.
De esta forma, la Justicia recopiló información paso por paso: “Este doctor dice que atiende a don Neruda, que estaba sufriendo, que tenía una cierta crisis, que le aplica la inyección y después lo deja en manos de otro doctor, y a ese doctor se lo está tratando de ubicar”.
“Lo que dice Araya al menos tiene cierto grado de verosimilitud, porque efectivamente él es detenido, es llevado al estadio, y hay varios de los elementos que él incorpora en su declaración que son comprobados en el tiempo. Lo otro hay que verlo desde el punto de vista técnico, que ya sería ver si es efectiva o no la aplicación de una sustancia distinta y si con una exhumación puede comprobarse, porque, además, don Pablo Neruda fue sepultado y después exhumado, hubo una reducción y la reducción se llevó a Isla Negra”, aclara el magistrado.
En definitiva, lo que queda de Neruda es una reducción de sus restos y la Justicia tiene dudas de que ahí “se pueda llegar a colegir que efectivamente pudo haber una sustancia distinta a la que se señala el médico”, afirma Carroza.
La clínica donde murió Neruda es, no casualmente, la misma en que falleció el ex presidente Eduardo Frei Montalva en 1982, que luego se supo había sido asesinado. El juez acepta la analogía en diálogo con “MDZ”: “Podríamos decir que sí, pero las épocas son distintas, entonces yo no sé si los elementos que se tenían en el año en que muere don Pablo Neruda a la época en que muere don Eduardo Frei, la tecnología, era la misma, o las sustancias eran las mismas, pero en las formas en que aparentemente se gestan, yo entiendo que son parecidas”.
Sobre la actualidad de la causa, Carroza dijo que este mes enviaría “toda la información al Servicio Médico Legal a fin de que nos señale si con estos restos que tenemos es posible llegar a establecer que hubo una sustancia extraña. Si ellos nos dicen que sí, entonces, bueno, habría que resolver la exhumación”.
Lo cierto en que está atestiguado que Neruda recibió el día de su muerte una inyección, aunque resta saber su contenido. Los médicos asentaron “dipirona”, un potente analgésico para los dolores. El chofer lo niega. Además, quienes conocían a Neruda señalaron que el cáncer de próstata que tenía había sido tratado en Francia y, ese año, no era mortal.
Carroza enfatizó que “desde el punto de vista judicial, lo de Neruda fue algo que no fue investigado, de tal manera que la versión oficial siempre indicaba que había muerto de cáncer y jamás hubo una investigación o se indagó la posibilidad de la participación de terceras personas en su muerte. El Poder Judicial llega a conocer este caso recién. Ahora, desde el punto de vista jurídico político, yo creo que (la causa) va a tener consecuencias importantes”.
Consultado sobre sus derivaciones, el magistrado señaló que probablemente se establecerán “responsabilidades de quienes pudieron haber intervenido en esos hechos. Si se da el caso de que el sistema para operar de un determinado servicio de inteligencia era este, puede haber ocurrido con muchas personas más”.
La pregunta que más se hace el juez es, si el poeta estaba enfermo, como dice la versión pinochetista “por qué tenía que ser eliminado, cuál era la razón… Ahora, si el señor Neruda hubiera sido un obstáculo, porque estábamos justo en el 73, un tiempo muy breve desde que había sido el golpe de Estado, imagino que los servicios de inteligencia trabajaban febrilmente respecto de ciertas personas”.
Por ahora no hay acusados. La Justicia sólo pretende saber si “Pablo de Chile”, el poeta por excelencia en una tierra de poetas, pudo ser asesinado. Otro secreto que se llevó a la tumba El Chacal.


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